Equidistante, como su nombre entre la mirada virginal y la exuberancia sensual, me tocó coincidir con la educadora y artista al confiarle una labor profesionalmente prescrita: el desarrollo, experto y empático (difícil combinación, que a ella expresa) del incipiente talento gráfico de mi hija Luna.
Encandilado acaso por esta visión nocturnal y por vernos semanalmente entre la alegre resolana que suele inundar los jardines del coyoacanense Museo de La Acuarela, no había yo alcanzado a divisar, -- mucho menos disfrutar como ahora que me ha permitido el privilegio de comentarlo -- un talento pictórico que mueve a regocijo, reflexión y reaprecio vital; elementos que confirman, cree este devoto lego, las cualidades que confirman la presencia de arte entre el apabullante torbellino de comercio que apabulla nuestras posmodernas existencias.
Comprendiendo que me acongojase opinar sobre artes plásticas sin más credenciales que mi curiosa actividad profesional de escucha remunerado, Salomé me recuerda su afición por los Beatles, Queen y – asumo, ante su obra – toda buena música que le ha acompañado durante su considerable formación personal y profesional.
Pero tendría yo que ser como el invidente y sordomudo Tommy de The Who para no conmoverme como cualquiera que las contemple ante la riqueza de sus visiones e imágenes, a la vez hipnotizantemente oníricas y palpitantemente realistas, que tan gratamente inciden en mis sentidos que no acaban de hartarse de gratos y seminales estímulos conforme se les amontonan las décadas.
No tengo yo nada qué añadir que realce la riqueza que derrama sin esfuerzo su trabajo en el ojo del espectador; me halaga en cambio que acoja tan modestamente la opinión de este musicópata elevado a la categoría de crítico por la sencilla razón de que no ser fácil de complacer. ¡Y vaya que estoy complacido, sabiendo en qué sabias y talentosas manos hemos puesto a la niña de nuestros complacidos ojos!
Va, pues, con estas líneas, mi admirada cabeza en bandeja de plata ante esta sonriente vestal que arranca, pincelada a pincelada, miopes velos de encallecimiento y enajenación… y comparte además sus hallazgos con generaciones que nutre con generosa jovialidad y trabajada sabiduría.
Al privilegio de conocerla sólo iguala el de admirar su obra.
Oscar Sarquiz Figueroa
Cronista Musical